Todos los mundiales que viví
Mis recuerdos de cada mundial
Se acerca el Mundial de Fútbol. Este año se juega en varios países: Estados Unidos, México y Canadá.
Decidí hacer un breve repaso de mi recuerdo por los mundiales, algo que, por supuesto, no me ha pedido nadie pero quizás muchos hayan compartido momentos similares y mi relato les toque alguna fibra.
Nací poco después de que Argentina saliera campeón en 1978. O sea que mi mamá vivió el Mundial embarazada, siempre me comentaba que yo me movía mucho cuando ella festejaba goles o cuando se exaltaban si Kempes iniciaba una jugada.
Ese fue un año muy difícil para mi mamá. Después de dieciocho años llevó a término un embarazo, tras perder dos bebés en los últimos tres años. Desde el nacimiento de mi hermano mayor había demorado quince años en poder concebir y tanto en 1975 como en 1977 perdió esos embarazos.
En 1978 su mamá, mi abuela, estaba muy mal y ella fue a pedir a la Iglesia de San Pantaleón, que le habían comentado que era un santo médico al que se le rezaba por la salud.
Al ingresar a la iglesia, un señor se acercó a ella de manera abrupta y la agarró de la panza mientras le hablaba. Era verano, así que prácticamente le estaba tocando la piel. Ella no entendió nada de lo que le dijo porque se asustó y pensó que iba a atacarla o lastimarla. El hombre se fue, y ella todavía con miedo entró en la Iglesia y rezó por la salud de su mamá.
Un par de semanas después se enteró de que estaba embarazada. Pese a la delicada salud de su mamá, se alegró mucho de este nuevo embarazo (modestamente) y sintió la necesidad de volver a San Pantaleón para pedir por mi abuela pero también para agradecer haber quedado embarazada de nuevo.
Cuando entró a la Iglesia estaban en misa y lo que vio la dejó helada. Quien estaba dando la misa era el hombre que le había tocado la panza la vez anterior, que resultó ser un sacerdote que hacía imposición de manos. Revivió la secuencia en su cabeza y se dio cuenta de que este hombre no había hecho otra cosa que bendecirle la panza en la cual llevaba un bebé y ella aún no lo sabía.
Así soy yo, hago mis apariciones de manera estelar.
Por esa razón fui bautizada en la Iglesia de San Pantaleón en un bautismo comunitario y sin un zapato, porque lo extravié al salir de casa. Modo princesa.
Pero en el medio tuvo lugar el mundial que se jugó en Argentina y del cual salimos campeones. Señores, nací con Argentina campeón del mundo.
El siguiente mundial se jugó en España en 1982 mientras se libraba la Guerra de Malvinas. Yo tenía tres años así que no me acuerdo absolutamente nada excepto un día en que mi mamá me estaba secando el pelo sentada arriba de de la mesa (yo, no mi mamá, obviamente) y estaba jugando un partido España. Mamá siempre estuvo muy orgullosa de sus raíces españolas y solía hinchar por España en los partidos. Gritaba muy entusiasmada “¡Vamos la madre patria!” mientras me secaba el pelo, hasta que en un momento se ve que terminó el partido y España perdió. Lo supongo porque mi papá le dijo: “Ahí la tenés a la madre patria”, y no se habló más.
Llegamos a 1986 y el Mundial de México, donde ya tenía una edad que me permitía por lo menos entender qué era el mundial. Recuerdo que vimos la inauguración con mucha emoción porque México había sufrido un terremoto poco tiempo antes y era realmente un logro que hubieran podido levantarse de semejante situación y realizar el mundial de todos modos.
El problema con México ‘86 es que como yo tenía siete años y era el primer mundial que entendía, pensé que siempre se jugaba así.
Francescoli, Platiní, Sócrates, y por supuesto Maradona. Yo pensaba “así debe ser jugar al fútbol”, o sea que creía que lo que estaba viendo era común y corriente y no tenía idea de que estaba viendo al mejor jugador del mundo en su mejor momento y a otros seleccionados con estrellas que no volvieron a darse todas al mismo tiempo.
Claramente tuve ante mis ojos en el mismo momento en que sucedía el mejor gol de la historia, pero insisto que al nivel que venían jugando me pareció normal.
Cuatro años más tarde iba a entender que no todos los equipos jugaban al fútbol de esa forma.
Llegó la final contra Alemania y la consagración para Argentina. Otra vez campeón del mundo.
A festejar a la calle, con unas banderas de plástico de dudosa calidad, tocar bocina con el auto y esperar ansiosos la llegada de los jugadores y la salida al balcón de la Casa Rosada con la Copa.
Lo recuerdo como algo importante y lindo pero no especialmente emocionante. Aunque ese reflejo sobre el pasto del Estadio Azteca y ese tono como con filtro amarillo de las imágenes me quedaron en las retinas. Un amigo dice que es porque recordamos más la película que se hizo luego, “Héroes” que el Mundial en sí mismo. Puede ser.
La verdadera emoción la sentí en 1990. Italia ’90 es mi mundial. Desde el momento en que empezaron las notas iniciales de “Un estate italiana” la piel se me erizó y no volvió a su estado natural hasta el 8 de julio.
¡Qué mundial! La emoción con la que lo viví. El primer partido fue Argentina versus Camerún y se jugaba en horario de colegio. En un televisor de 24 pulgadas colocado en la biblioteca del colegio, siete cursos de 35 alumnas promedio cada uno, vimos ese partido. Lo que nunca vimos fue la pelota, ni ninguna jugada. Supongo que las que estaban sentadas bien cerca algo habrán distinguido, pero el resto se enteró del gol de Camerún porque lo dijo una maestra. Es más, Argentina podría haber ganado ese partido pero yo compré la versión de la docente.
Pero lejos de desalentarme puse toda mi esperanza en ese equipo, que convengamos estaba bastante baqueteado.
De la lesión de Pumpido y el reemplazo por Goycochea me enteré por la ventana del colegio, unos oficinistas de la vereda de enfrente nos pasaban información por la ventana. Otras épocas.
Y después de ese partido empezó la mística, la magia, la ilusión de que ser campeones otra vez era posible.
Goycochea atajó cuatro penales en dos definiciones, frente a Yugoslavia primero (sí, todavía existía Yugoslavia queridos jóvenes) y a la mismísima anfitriona del mundial: Italia. Italia se quedó afuera no sin antes silbarnos el himno.
Pero antes se jugó el partido donde ocurrió el mejor gol que vi en mi vida, y no lo digo tanto por su calidad futbolística sino más bien por cómo lo viví yo. Si me piden un recuerdo familiar, una foto con mi familia, elegiría sin dudarlo ese partido contra Brasil.
Estábamos mi papá, mi mamá, mi hermano y yo viendo el partido sentados cada uno en su respectiva silla frente al televisor. Mi papá tenía negocio y había cerrado obviamente a la hora del partido. Primero porque era ridículo tener abierto mientras Argentina se debatía con Brasil su permanencia en el Mundial y segundo porque él lo quería ver.
En un momento determinado se hizo presente mi tía Beatriz, cuya característica principal ante este tipo de eventos era desentenderse por completo. Por eso había venido a preguntarle a mi papá si faltaba mucho para reabrir el negocio, en el que ella también trabajaba.
En ese preciso instante en que mi tía hizo su ingreso al comedor de casa, Maradona tomó la pelota y comenzó a correr hacia el arco tratando de esquivar aguerridos brasileros. Sin embargo fue derribado por uno de ellos, aunque tuvo la previsión de distinguir en su radar la figura de Caniggia (mi amado Claudio Paul Caniggia) y le pasó la pelota al tiempo en que caía al suelo.
A muchos kilómetros de distancia, en mi casa, cuatro personas hicieron lo mismo. Papá, mamá, mi hermano y yo nos caímos al suelo de rodillas como queriendo acompañar al Diego en su jugada. Vimos como Claudio Paul recibía la pelota y convertía el gol que más grité en mi vida.
Así, los cuatro en el suelo gritando desaforados ese hermoso gol, ese triunfo de Argentina ante Brasil.
Ese es el momento que me llevo conmigo para siempre. Ni Maradona ni Caniggia saben lo que provocaron en mi vida ese día con esa jugada, pero no hay manera de que vuelva a ver el gol sin sentir la misma emoción y visualizar esa escena en casa.
Por si se preguntan qué pasó con mi tía, dijo que estábamos todos locos y se fue.
Y luego llegó la final con Alemania, el penal inventado por Codesal (no admito discusión al respecto), esta vez Goyco no pudo atajarlo y Alemania se consagró campeón del mundo.
Sé que no fue la mejor selección, que llegamos a la final con mucha suerte a favor, pero siempre va a ser el mundial que más sentí. Aunque años más tarde tendría otro mundial que ocuparía un lugar especial en mi historia.
Con ansias esperé la revancha y llegó Estados Unidos ’94. Confieso que la apertura me desilusionó bastante. Si bien es sabido que Estados Unidos no se caracteriza por una pasión futbolera, sí lo hace por su capacidad para el show. Esperaba realmente una apertura espectacular, Hollywood, Brodway, Las Vegas, todo junto.
Sin embargo lo que vi fue un escenario que nunca terminó de emerger, con un Jon Secada que cantaba desde las profundidades mostrando apenas su torso, y una Diana Ross que tenía que patear un penal a un arco gigante que al convertir el gol se iba a desarmar, pero Diana lo erró, y como estaba previsto el arco se abrió igual generando una escena ridícula.
Mientras tanto el público estadounidense estaba entretenido con otra cosa. O.J. Simpson había asesinado a su esposa y al amante y se estaba dando a la fuga por una carretera a toda velocidad mientras era perseguido por la policía.
La persecución a O.J. Simpson tuvo seguramente mejor producción que Jon Secada y Diana Ross.
Previo a que relate la participación argentina en el mundial vale la aclaración para aquellos que no lo vivieron, que tras Italia ’90 Maradona dio positivo en el antidoping del futbol italiano y fue suspendido un tiempo. Retornó jugando en el Sevilla saliendo a la cancha con “Mi enfermedad” de Calamaro de fondo, y no se suponía que formara parte de la selección argentina nuevamente.
Pero tras una goleada histórica de Colombia por 5 a 0 a Argentina en las eliminatorias y otros desastres, Argentina tuvo que jugar el repechaje contra Australia para definir su ingreso al mundial.
Así que Basile decidió convocar a Maradona, quien entrenó de manera particular, independientemente del resto del equipo, y tras vencer a Australia llegamos a EE.UU ’94.
El primer partido de Argentina en ese mundial fue contra Grecia. Se jugaba después del mediodía así que yo llegada del colegio justo para verlo.
Cuando llegué estábamos todos eufóricos por este primer partido y decidimos apostar con toda la familia (por ningún premio) cómo iba a salir el partido.
2 a 1, 1 a 0, 1 a 1, 2 a 2, siempre a favor de Argentina eran la mayoría de las votaciones, excepto la de mi hermano que tiró un 4 a 0 que nos hizo revolear los ojos a todos.
Por supuesto el partido terminó 4 a 0 con 3 goles de Batistuta y un gol de Maradona (el que sería el último para la Selección Nacional) que lo gritó con toda la furia mirando a cámara.
Ni bien el árbitro pitó el final, no solo todo era alegría, sino que el teléfono de casa no dejaba de sonar ya que todos llamaban a mi hermano para felicitarlo por su pronóstico.
Luego jugamos con Nigeria y este partido me despierta sentimientos encontrados. Ganamos 2 a 1 con dos goles de Caniggia, emotivos aunque nunca al nivel de aquel contra Brasil, pero sobre todo uno de ellos en el que Maradona sacó rápido un tiro libre rodeado de nigerianos que no lo dejaban ni a sol ni a sombra, y Caniggia de costado le grita: “¡Diego! ¡Diego!”, Maradona le pasa la pelota y Caniggia hace el gol.
Al finalizar el partido todos vimos como Maradona de la mano de una enfermera que le realizaría el antidoping se iba de la cancha y junto a ellos todas nuestras ilusiones.
El doping dio positivo por efedrina, Maradona adujo que era una medicación que tomaba indicada por su preparador físico que desconocía que estuviera prohibida.
“Me cortaron las piernas” sentenció y nunca más volvió a jugar para la selección.
Argentina avanzó poco más pero ya nuestra moral estaba perdida y ese mundial quedó como un recuerdo amargo.
Para Francia ’98 yo ya trabajaba. Así que lo vi en el trabajo con mis compañeros. Como era un mundial en Europa los horarios siempre son mejores y coincidían en su mayoría con los de oficina.
Sólo me acuerdo de la vibrante jornada contra Inglaterra en la que les puedo asegurar que no volaba una mosca por Avenida Santa Fe. Todo era silencio. El país completo estaba viendo ese partido.
Fuimos a penales, con la lógica tensión que generan y ganamos.
Mis compañeros enloquecieron, todos festejábamos, era como si ya fuéramos campeones.
Un partido más tarde y un cabezazo de Ortega al arquero holandés nos dejaban afuera de Francia.
La frustración y la sed de revancha se trasladaron a Corea- Japón 2002. La selección de Bielsa, imparable, que había quedado clasificada con muchísima antelación, un mundial que se ganaba caminando. Los horarios eran malísimos, porque se jugaba del otro lado del mundo pero la gente era capaz de levantarse muy temprano o seguir de largo para poder ver a la prometedora selección nacional.
Mi recuerdo de ese mundial es quedarme hasta las cuatro de la mañana para ver como Suecia nos dejaba afuera en primera ronda, mientras los jugadores amargados lloraban tirados en el campo de juego y yo pensaba: “Vos que tenés las patitas valuadas en millones de dólares llorás y la que se tiene que ir a trabajar en dos horas soy yo.”
Con ese mundial se acabó mi interés por los mundiales.
Por lo tanto para Alemania 2006 por más que Pekerman fuera el técnico, y que hubiera un Lionel Messi jovencito que había sido convocado, no le puse la menor voluntad.
De hecho en el primer partido que se jugó en horario laboral me ofrecí para reemplazar a varios compañeros varones para que pudieran ver el partido y cubrirlos mientras tanto. A las 10 de la mañana cuando empezó el partido con Serbia y Montenegro yo estaba atendiendo un cliente cuando escuché el primer grito de gol.
Argentina goleó, prácticamente cada jugador hizo un gol, y otra vez la sensación de que nos llevábamos puesto al mundo.
Pero Alemania nos llevó puestos a nosotros, y nos dejó afuera del mundial por penales. Confieso que cuando se lesionó el arquero y vi salir al suplente supe que la epopeya de Goycochea no iba a volver a repetirse, y el pobre Franco se iba a ligar la desgracia de ser el arquero al que justo le tocó salir para los penales que nos dejaron afuera con el anfitrión.
Llegamos, entonces a Sudáfrica 2010, cuyo motivo para llamar la atención era que Diego Armando Maradona era el técnico de la selección.
Yo le puse fe, le puse cariño, pero los partidos se ganan cuando la pelota entra en el arco. Tal como el pulpo Paul lo predijo (sí, había un Pulpo al que le ponían las banderas de los equipos que jugaban y según cuál tocaba indicaba que iba a ganar, no me pidan que se los explique mejor).
No recuerdo ningún partido en concreto, sólo que otra vez Alemania nos sacó del mundial, y una canción de Shakira que decía “Waka Waka”.
Es el turno de América again y la sede fue Brasil 2014. Confieso que estaba comenzando una relación con quien luego sería mi esposo, por lo que no me concentré mucho en el mundial. Pero cuando quise darme cuenta Argentina había llegado a la final. Otra vez con Alemania. Y otra vez afuera.
Rusia 2018 fue desastroso. Mi único recuerdo es un DT con pantalones achupinados que me hacían añorar los joggings a la altura de los hombros de Bielsa, y la final que jugaron Francia y Croacia donde ambos presidentes, Emmanuel Macron y Kolinda Grabar-Kitarović se abrazaban y festejaban bajo la lluvia de manera muy erótica, mientras Putin se mantenía imperturbable bajo su propio paraguas.
Y llegó Qatar 2022. Esta vez el mundial se jugaba en noviembre porque el clima de Qatar así lo ameritaba.
Este mundial coincidió con el año en que tuve que llevar a mamá a una residencia porque ya no podía sostener el esquema de cuidadoras en casa, tragándome todo lo que había dicho durante toda mi vida sobre mantenerla cuidada en su casa.
Fue un año de internaciones, caídas y repuntes, y para la época del mundial mamá estaba bien pero ya se veía un deterioro que anunciaba el final.
Y de pronto apareció el mundial y surgió la oportunidad de ir y ver cada partido con ella en la residencia. Me preparaba el termo con el mate, compré la yerba de la marca que a ella le gustaba, compraba bizcochitos, sándwiches de miga o incluso un pan dulce de marca de supermercado que mamá no aprobó, como buena catadora de pan dulces que era.
Y así fui cada partido a la residencia con mi matera y disfruté de compartirlo con ella y sus compañeros.
Mi vieja no sabía ni quién jugaba, y debo decir que yo tampoco, pero la magia de esos encuentros me es imposible de describir.
Nos abrazábamos en los goles, nos agarrábamos de la mano para los penales. No me pregunten contra quién jugamos, quiénes formaban parte del plantel, porque excepto Messi y el Dibu Martínez no conozco a nadie. La emoción pasaba por otro lado.
El día que Argentina pasó a la final mi esposo y yo éramos los únicos familiares que había en la residencia. Una de las enfermeras que tenía una relación hermosa y amorosa con mi mamá le dijo: “Mirá que si ganamos salimos a festejar” y dicho y hecho, como estaba yo la única autorizada a salir a la calle era mi mamá.
Así que con la enfermera la llevamos en su silla de ruedas hasta la puerta de entrada con bandera y vincha aplaudiendo y gritando (cualquier cosa improvisada porque entre las tres teníamos menos cancha que Borges) y los autos pasaban tocando bocina, la gente salía con sus chicos a festejar, una monja munida de una corneta salió del convento de la otra cuadra y arreando a unos niños iba a cornetazo puro por la calle.
Mamá festejaba, yo festejaba, la enfermera festejaba, la gente festejaba, los chicos que pasaban la besaban a mi mamá como si fuera la madre de Messi, y hasta hubo un flaco que desde la moto se besó el escudo de la camiseta argentina y le tiró un beso a mi mamá, que saludaba cual Mirtha Legrand.
Esa fue la vez que más festejé un triunfo de Argentina. Del gol de Caniggia a Brasil cuando éramos cuatro, a los penales hechos y atajados contra Holanda donde sólo estábamos nosotras dos, juntas, siempre juntas.
La final la vi en casa de mis suegros porque se jugaba al mediodía. Fui con el mate y los sándwiches a la residencia primero pero mi mamá ya se había ido a acostar porque almorzaban temprano.
Pero en cuanto ganamos me fui a merendar con ella y lo festejamos.
Fue su último mundial. Llegué a su vida con Argentina campeón y ella se fue de la mía con Argentina campeón también. Hicimos un lindo cierre.
Messi no tiene idea de lo que significó para mí en aquel momento. La huella que ese mundial dejó en mi vida.
Mamá partió dos semanas después. Los videos que filmé en la residencia el día de la semifinal y el de la monja con la corneta me siguen llenando el corazón.
Poco después vi la película que se había hecho sobe el mundial y no me acordaba nada. De golpe me enteré que habíamos jugado con México, con Australia, y yo ni idea. No registré nada de eso. Yo viví otro Mundial, la oportunidad de compartir esos partidos con mi mamá. No sólo con ella, con sus compañeros de residencia también, porque cada cual con su problema y sus mentes errantes participaban de la situación y disfrutaban de mi llegada, matera al hombro, para ver el partido. Un partido del cual ni ellos ni yo entendíamos nada, pero lo pasábamos bárbaro.
En fin, este es mi racconto de mi recuerdo de los mundiales vividos.
Veremos qué recuerdo me deja el próximo mundial, y a ver si puede agregarse a esa exclusiva lista del gol de Caniggia a Brasil, “Un estate Italiana” y una monja tocando la corneta.






